domingo, 18 de septiembre de 2011

Recuerdo


Me acuerdo de cuando era pequeña, pero de un yo que ya está muy lejos de lo que soy. Me veo desde fuera, no se si por que mis recuerdos vienen por las fotografías o porque me veo extraña en ese cuerpo tan pequeño. Recuerdo que vivía en un piso espacioso, con pocos muebles. En la habitación de mis padres había una ventana, que no se porqué, la recuerdo a la altura del suelo, a mi altura. Supongo que mi campo visual no alcanzaba más allá. En fin, lo importante no era la ventana. Desde ella se podía ver un maravilloso jardín de flores enormes de colores chillones. No se podía acceder, pero me gustaba mirarlo, incluso lo visitaban muchos pájaros y bichos. Era como tener una pequeña selva en la ventana, como un mundo aparte. Eran tiempos de fantasía y aquella imagen se parecía mucho al jardín de las flores de Alicia.

Luego estaba el lavadero, que tenia unas grandes cristaleras, que daban a otro patio o algo parecido, no recuerdo muy bien. Lo que recuerdo a la perfección era la silueta en forma de destello (aquellos dibujos que solemos hacer de las estrellas y los brillos) de la estrella del Norte. Era enorme, como mi mano, me impresionaba. La solía dibujar, pero nunca conseguía nada que pareciera algo más que un destello. Recuerdo que lo probé diversas veces, muchas, incluso miraba cuando merecía la pena dibujarla. A veces brillaba más, otras veces adquiría un tono amarillento, otras, se encogía, pero plasmada, siempre era el mismo destello.

Mi vecina de arriba, que tampoco recuerdo, tenia un gato persa blanco, enorme. A el si que lo recuerdo. Por las noches dejaba mi ventana un poco abierta para que pudiera entrar y cada mañana me despertaba con el en la cama. A veces me fastidiaba porque se metía debajo e intentaba coger con las zarpas los mechones que se me colaban entre la almohada...Pero yo le hablaba y le puse un nombre que no recuerdo...De ahí que me gustaran tanto los gatos, supongo. Sentía que me podía comunicar con esa mirada. Pero entonces ya pensaba que los gatos persas recuerdan a niños ricos relamidos y amargados, siempre con esa cara de insatisfacción y exigencia.