miércoles, 10 de agosto de 2011

Anzar I


Siempre asomaba antes de tiempo. Aunque el bar cerró hace un par de años, por entonces así sucedía. El balcón era de estilo modernista, de aquellos que a uno le hace pensar que primero han construido un balcón simple y después lo han ido rodeando como si de enredaderas se tratase, con telas de hierro pasado por fuego. El resto de la fachada era de lo más sin comentarios posible. Tan simple como te podrías imaginar una fachada a primera idea: lisa de lejos y rugosa de cerca, aburrida y de algún color indefinido, porque han pasado años y la pintura ya no está en primer término.

Y debajo el bar.

La primera vez que Anzar salió fue por pura casualidad. Cuando ves algo, y no hablo de verlo con los ojos si no con el cerebro, que nunca antes habías visto, puedes reflexionar o indagar. Elijas lo que elijas, la elección te volverá a conducir al hecho. Eso seguro. Descartamos la opción de no hacer nada porque en ese caso sólo se habrá mirado con los ojos.

Ese aire fresco no lo tomaba siempre, porque lo temía. Siempre tenía en su mente la curiosa idea de que si se mantenía mucho tiempo expuesto al viento, o si alguna vez por casualidad se dormía entre él, este lo raptaría y no podría hacer nada para evitarlo. Anzar sabía que todo esto era un disparate que quizás vendria dado por un trauma infantil sin sentido, pero la idea no la podía borrar así como así de su memoria común, simplemente podía desplazarla, ignorarla o aceptarla como tal.


Y una vez llegados a este punto, Anzar se asomó y salió a la calle. Se oía el gemido del motor de un desganado y acabado Peugeot 106 que a duras penas podía escalar la cuesta. Y en el momento en que Anzar casi se había transportado al interior de la carrocería de ese viejo trasto, una mirada interrumpió el transcurso de la suya.

- Qué, tomando el fresco, no?- dijo aquel hombre melenudo de ojos azul cobalto mientras le daba una calada a un cigarro Marlboro y dejaba a la vista su reluciente colmillo.

Anzar se quedó pensando unos instantes, o que instantes? un exagerado lo habría llamado horas!, pensando si aquel hombre se dirigía a su persona o a alguien que no le correspondía en absoluto. Y si por lo tanto, debía responder o con disimulo hacer pensar a aquel hombre que su mirada sólo estaba perdida en la distancia.